640 años de la muerte de Pedro el Cruel

Este mes celebramos el 640 aniversario de uno de los episodios más importantes y, quizás, el más impactante de todos los que ocurrieron en la baja Edad Media en la Peninsula Ibérica. Fue el del asesinato del rey Pedro I "el cruel" (para unos) "el justiciero" (para otros) a manos de su hermano de padre, Enrique. El regicidio destruyó dinastía originaria del reino de Castilla "Los Castilla", para pasar a reinar la dinastía Trastámara, de la cual formaron parte y fueron sus últimos monarcas los Reyes Católicos.

La muerte de Pedro I en Montiel supuso el fracaso de un proyecto iniciado por Alfonso X, encaminado en patrimonializar todo el poder político en manos del monarca. En esos momentos, el poder estaba fragmentado y repartido por muchos nobles, eclesiásticos y territorios de Ordenes Militares, lo cual axfisiaba el comercio y la economía. Por eso, los grandes defensores de Pedro I eran las clases bajas, en especial los judíos, y los comerciantes. Montiel, como villa medieval que disponía de una judería y una feria anual, fue una ciega defensora de Pedro I.

Ironías de la vida, el proyecto de Pedro, a pesar de la tenue ruptura durante el reinado de Enrique II "el de las mercedes", siguió siendo el proyecto de los reyes posteriores, pero no se logró con toda su amplitud hasta los Reyes Católicos.




BIOGRAFÍA (DIC. ENCARTA)
Pedro I el Cruel (1334-1369), rey de Castilla y León (1350-1369). Hijo de Alfonso XI y María de Portugal, heredó el trono en medio de una compleja situación política y de una profunda crisis económica. Su padre había tenido diez hijos bastardos con Leonor de Guzmán, entre los que estaba el conde de Trastámara, el futuro Enrique II. Durante el periodo de 1351 a 1353, el reinado de Pedro I estuvo presidido por la figura de Juan Alfonso de Alburquerque, que con su actuación agudizó la crisis política del momento y preparó el estallido de la contienda civil. Durante el gobierno de Alburquerque, Leonor de Guzmán fue asesinada, se preparó la alianza de Castilla con Francia, y se pactó el matrimonio de Pedro I con Blanca de Borbón que se celebró a mediados de 1353. Sin embargo, el rey castellano, nada más conocer que la dote pactada no podía ser pagada, abandonó a su esposa y volvió con María de Padilla, con quien estaba unido sentimentalmente desde 1352. A partir de este momento, y aprovechando la orden de prisión que el rey dictó sobre doña Blanca, se produjo una rebelión nobiliaria capitaneada por el bastardo Enrique de Trastámara, que pretendía el trono castellano; el maestre de Santiago don Fadrique y Juan Alfonso de Alburquerque. La guerra civil no tardó en comenzar y con ella las sangrientas represiones que el rey impuso a los rebeldes y que le valieron el calificativo de Cruel. En 1354 Pedro I se casó con Juana de Castro a la que pronto repudió también.
Durante el conflicto civil Pedro I contó con el apoyo de la pequeña nobleza y las ciudades, mientras que muchos de los nobles sublevados se refugiaron en Aragón, donde Pedro IV el Ceremonioso les ofreció su ayuda. La guerra castellana, que duró desde 1356 hasta 1369, se convirtió así en un conflicto peninsular entre Castilla y Aragón.
Durante estos años, y en medio de numerosas batallas, se firmaron diferentes treguas. En julio de 1363 se concertó la Paz de Murviedro por la que Calatayud, Tarazona y Teruel pasaron a manos castellanas; el infante Fernando, hermano del rey aragonés, que también aspiraba al trono castellano, fue asesinado. Sin embargo, en 1364 Pedro I reanudó la lucha, y el conflicto peninsular entró a formar parte de la guerra de los Cien Años.
En enero de 1366 mercenarios franceses y aragoneses vinieron a España para ayudar al conde de Trastámara en sus pretensiones al trono. Con este apoyo, Enrique fue proclamado rey en Calahorra (marzo de 1366) y se adueñó de todo el reino a excepción de Galicia. Por su parte, Pedro I solicitó ayuda a Inglaterra y pactó con Eduardo el Príncipe Negro, la intervención en la contienda española. De esta manera los ejércitos trastamaristas fueron derrotados en Nájera (1367). Pero el triunfo final fue para Enrique, que consiguió la ayuda de tropas francesas mandadas por Bertrand Du Guesclin. Éstas derrotaron definitivamente a Pedro I en Montiel en marzo de 1369. En este mismo lugar el rey Pedro fue asesinado y el bastardo subió al trono con el nombre de Enrique II.




EL REGICIDIO DE MONTIEL
Según el historiador Modesto Lafuente:

Llegó el año 1369, y con él el desenlace, …. Resolvió al fin don Pedro ir á socorrer á los sitiados de Toledo que carecían absolutamente de viandas, aunque le costara pelear con su enemigo y hermano; y partiendo de Sevilla se vino para Alcántara, …. Sabedor de sus proyectos don Enrique, mandó á los de Córdoba que viniesen en pos de el, é hizo llamamiento á todos sus parciales de Castilla y de Leon. Cuando don Pedro llegó á la Puebla de Alcocer, los cordobeses en número de mil quinientos hombres de armas se hallaban en Villarreal. Don Enrique, habido su consejo, deliberó salir al encuentro á su hermano, y detenerle en su marcha, y pelear con él, …. Uniéronsele las demás compañías hasta el número de tres mil lanzas; gente de á pie solo la que solían llevar consigo los señores y caballeros. Oportunamente llegó allí, con gran contentamiento y júbilo de don Enrique, el terrible Bertrand Duguesclin con su compañía extranjera. Puso don Enrique su gente en orden de batalla dividiéndola en dos cuerpos, y dando el mando del de vanguardia á Bertrand Duguesclin y á los caudillos de la hueste cordobesa, quedó él mismo rigiendo el segundo cuerpo. Al salir de Orgaz, supo que don Pedro había pasado por el campo de Calatrava, y que se hallaba en Montiel, lugar y castillo de la orden de Santiago. Iban con don Pedro los concejos de Sevilla, Carmona, Ecija y Jerez, algunos caballeros y escuderos que defendían su partido en Mayorga, y como capitanes don Fernando de Castro de Galicia y Fernan Alfonso de Zamora, entre todos otras tres mil lanzas: llevaba además don Pedro mil quinientos jinetes moros que le suministró el rey de Granada, el cual se negó á venir personalmente por mas que se lo rogó el castellano. Todas estas gentes las tenia don Pedro acampadas en la circunferencia de Montiel á la legua y dos leguas del castillo. Lo notable es que los dos cronistas contemporáneos, Ayala y Froissart, ambos convienen en que don Enrique sabia todos los movimientos de don Pedro, mientras don Pedro carecía absolutamente de noticias de don Enrique y de su gente, lo cual parece indicar que éste tenia mas á su devoción el país. Conocieron don Enrique y Duguesclin que les convenía acelerar todo lo posible la marcha para coger á su adversario desprevenido, y así fue que anduvieron toda la noche (del día 13 al 14 de marzo), siendo ésta tan oscura y el terreno tan escabroso, que tenían que ir delante algunos soldados encendiendo fogatas para poder ver el camino, y aun así Duguesclin y el cuerpo que mandaba se perdieron en un valle sin salida y no pudieron incorporarse á los del otro cuerpo hasta la mañana siguiente. Avisado don Pedro, y aun viendo él mismo las hogueras desde su castillo de Montiel, todavía creyó que serian los de Córdoba que irían á juntarse con los del campo de Toledo; apercibióse sin embargo para la pelea, y mandó á los que tenía acampados por las aldeas que fuesen á reunírsele; mas antes que estos concurriesen llegó el bastardo al romper el alba ala vista de Montiel. Trabóse allí la pelea entre las huestes de los dos hermanos, no sin sorpresa de don Pedro al encontrarse frente á las banderas de don Enrique, de don Sancho y de Doguesclin. Un tanto desordenada, como mas desapercibida su gente, fue la que comenzó á tinquear, y en especial los moros, que fueron los primeros á. volver la espalda. El cronista castellano pinta como sumamente rápido y fácil el triunfo de don Enrique en esla batalla. Mas el cronista francés Froissart afirma haberse peleado en ella dura y maravillosamente, y añade que don Pedro combatía muy valerosamente, manejando una hacha con la cual daba tan terribles golpes que nadie era osado á acercársele, lo cual nos parece harto verosímil en el genio belicoso y en la probada intrepidez de don Pedro de Castilla, que por otra parte aventuraba en aquel combate la corona y la vida. Pero desordenados y fugitivos los suyos, y muertos muchos de ellos, tuvo al fin que retirarse al castillo de Montiel, que don Enrique hizo ceñir en derredor con una cerca de piedra, guardada por tanta gente, «que ni un pájaro hubiera podido salir del castillo sin ser visto.»
El maestre de Calatrava Martín López de Córdoba que acudía á la batalla con sus compañías en favor de don Pedro, noticioso del éxito desastroso del combate por los fugitivos que encontró en el camino, volvióse para Carmona donde don Pedro había dejado sus hijos don Sancho y don Diego. Luego que llegó á aquella villa apoderóse de los tres alcázares, de los hijos de don Pedro, de su tesoro, y se fortaleció allí con ochocientos de á caballo y muchos ballesteros.
Faltaba à este largo y trágico drama desenlazarse con una escena horriblemente sangrienta, precedida do un acto de perfidia y felonía. Hallábase cutre los pocos caballeros que acompañaban á don Pedro en el castillo Men Rodriguez de Sanabria, el cual como conociese personalmente á Bertrand Duguesclin de haber sido en otro tiempo prisionero suyo y debídole su rescate, se resolvió á pedirle una entrevista, diciendo que queria hablarle secretamente. Accedió á ello Duguesclin, y salió el Sanabria una noche del castillo según habían acordado, para tener su plática. En ella le dijo el castellano al caudillo bretón, que á nadie coma á él, que era tan noble y tan hazañoso caballero, le estaría bien salvar la vida y .el reino á don Pedro de Castilla, y que por lo mismo que era tan grande la cuita en que éste se hallaba , seria una acción que le daría honra en lodo el mundo: que si se resolvía á ponerle en salvo, le otorgaría el rey el señorío de Soria y de Almazán y de otras villas para sí y sus descendientes, con mas doscientas mil doblas de oro castellanas. Recibió al pronto Duguesclin la propuesta como ofensiva é injuriosa á un buen caballero, mas insistiendo el Sanabria en que lo meditase y reflexionase, ofrecióle Bertrand que habría sobre ello su consejo y le contestaría. Consultólo, en efecto, con algunos de sus amigos y allegados, los cuales fueron de parecer que lo contara al rey don Enrique. Hizolo asi el caballero breton, faltando ya en el hecho de tal revelación al sagrado de la confianza y del sigilo. Pero restaba consumar con la alevosía lo que comenzaba por una falta de caballerosidad. Oyó don Enrique lo acontecido, y diciendo á Duguesclin que él le baria las mismas y aun mayores mercedes que las que en nombre de su hermano le habían prometido, le incitó á que fingiese asentir á la propuesta de Men Rodríguez de Sanabria, diciendo á éste que podía el rey don Pedro venir seguro á su tienda, donde hallaría preparados los medios que le habían de proporcionar la fuga. Así se practicó como lo proponía don Enrique.
Desconfiado y suspicaz como era don Pedro, no descubrió la celada alevosa que se le preparaba, ó bien porque creyera en los juramentos con que le aseguraron, ó bien porque el afan de verse en salvo no le diera lugar á la fria reflexion; y saliendo una noche del castillo con Men Rodríguez de Sanabria, don Fernando de Castro y don Diego Gonzalez de Oviedo, entróse confiadamente en la tienda de Duguesclin. “Cabalgad”, le dijo , “que ya es tiempo que vayamos” Como nadie le respondiese , don Pedro sospechó la traición y quiso huir solo en su caballo, pero le detuvo Olivier de Manny. Entonces se llegó don Enrique armado de todas armas y dirigiéndose á don Pedro «manténgavos Dios, señor hermano.» le dijo; y don Pedro esclamó: «¡ah traidor borde, ¿aquí estais?» Y dicho esto se abalanzó á su hermano, y agarrados los dos cuerpo á cuerpo cayeron ambos en tierra, quedando encima don Pedro, que hubiera acabado con el bastardo, si Bertrand Duguesclin tomando con su hercúlea mano por el pié á don Enrique, y dándole la vuelta no le hubiera puesto sobre don Pedro, diciendo estas palabras que la tradicion ha conservado: “Ni quito ni pongo rey, pero ayudo á mi señor” Entonces el bastardo degolló á su hermano con su doga y le cortó la cabeza.
Tal fue el trágico y miserable fin del rey don Pedro de Castilla (23 de marzo, 1369), á la edad de 35 años y 7 meses, y á los 19 de su sangriento reinado: y tal fue el ensangrentado pedestal sobre el cual puso su pié el bastardo don Enrique para subir al trono de Castilla y de León.

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